Monday, July 28, 2008

Giovanni Di Prieto escribe sobre "La vida es otra cosa"

LA VIDA ES OTRA COSA, DE JENNETTE MILLER

(por: Giovanni Di Pietro)

Acabamos de leer lo que es hasta el momento, nos parece, la única novela de Jeannette Miller, La vida es otra cosa (Alfaguara, 2006). A Jeannette Miller se le conoce como ensayista y poetisa. Es una escritora sólida. Esto, como es obvio, es más que evidente en las páginas de esta obra. No solo maneja el lenguaje y el estilo a perfección; ocurre lo mismo con la elaboración de los protagonistas, la ambientación, la trama y la dramatización.
Éstas son cosas que hay que recalcar con relación a lo que es la novelística dominicana actual, pues todos sabemos lo descuidado que los novelistas de hoy han llegado a ser. El lenguaje y el estilo sin atender, los protagonistas poco o en nada delineados, ambientación muchas veces falsificada o equivocada, la trama ilógica o absurda, la dramatización inexistente-- éste es el pan de cada día que recibimos de la gran mayoría de los novelistas dominicanos.
Por eso, es refrescante ver que en el país existen novelistas que, como Jeannette Miller, saben su asunto y pueden llevar a buen puerto una obra. Son pocos, sin duda, pero los hay. Y es este hecho lo que nos brinda aliento y nos anima a seguir leyendo novelas y a esperar cosas mejores en el futuro.
La vida es otra cosa es una novela simple y llana. La novelista no se va por las ramas. Tiene un cuento o una serie de cuentos que contar, y eso es lo que hace. Se queda felizmente en su país y trata de los asuntos de su gente. Esto es algo positivo para nosotros. Lo es porque no pocos novelistas se la pasan inventando cuentos fantásticos y exóticos y proyectándose en lugares lejanos que no conocen o conocen malamente. Todo eso en el afán de imitar a los supuestos grandes novelistas de afuera.
La máxima clásica es que el escritor se quede humildemente anclado a lo que sabe, elevando a su pequeño terruño al nivel de lo universal. Es lo que hizo Cervantes. Es lo que hacen todos los verdaderos novelistas. Vamos, pues, a contarle éste como otro logro más --e importante-- a Jeannette Miller.
Todo lo que ocurre en esta novela ocurre, en cierto sentido, de forma indirecta. La trama o la tragedia de que trata sale de los diferentes protagonistas, y éstos, con sus percances, conforman los varios capítulos de la obra. Enfatizando a los protagonistas, contando sus diferentes historias, hace que después todo converja en la gran trama de la novela y que de ahí salga los que es La vida es otra cosa.
Éste es un procedimiento novedoso, ya que rompe con el esquema tradicional de narrar y hasta añade mucho dramatismo a la trama. Somos nosotros mismos, los lectores, los que, al final, lo ponemos todo junto en lo que es la novela. Las diferentes historias de Yudelka, María, Leticia, Chino, Miguel, Lurdes, Tiburón, el padre Cuso, etc. van, poco a poco, conformando lo que será un verdadero mosaico. Lo que cuenta no son los elementos (o las historias) particulares, sino el conjunto, la gran trama, y, aún más, el producto final (o mensaje).
Que La vida es otra cosa funcione como novela válida se debe exactamente a esto. O sea: que todos esos elementos (o historias) suman a un solo elemento (o cuento), con su moraleja. Si así no fuera, esto es, si esos elementos no sumaran a un todo, la novela fracasaría. Sería aburrida, sin sentido, y una más del montón de las que se publican tan alegremente en el país.
Por eso, entendemos que, todo considerado, lo que tenemos que hacer para apreciar correctamente esta novela no es fijarnos en las historias personales de los diferentes protagonistas; más bien, entender que éstas suman a algo más allá de lo inmediato, y que en ese más allá es donde reside su verdadero valor.
Cada uno de esos protagonistas es dominicano. Lo es hasta el padre Cuso, pese a ser español de nacimiento. Cada uno tiene su personal tragedia, y la novela la relata en menor o mayor detalle. Es fácil, pues, perdernos en esas tragedias personales. La prostitución de Yudelka, los horripilantes crímenes de Tiburón, la desesperación de Chino, las riquezas mal habidas de Miguel, las ansias espirituales de Lurdes, etc. son, todas ellas, historias que nos atraen. Sin embargo, tenemos que resistirnos a que nos desvíen. Lo que importa es la trama más amplia. O sea: no son las tragedias personales de estos protagonistas a darle sentido a la novela; es la tragedia de ese país y de ese pueblo que ellos, al final, representan.
A excepción de Lurdes y del padre Cuso, los cuales se sitúan por encima del ambiente y lo trascienden, todos estos protagonistas llevan una vida hecha de penurias, abusos y desesperación. En el fondo de su corazón, durante su infancia y adolescencia, predominó la bondad. Pero la vida es otra cosa de lo que uno se imagina. La miseria, el abandono, las humillaciones diarias-- todo conspira para que cada uno de estos protagonistas, quien más quien menos, vaya cayendo en el remolino de la corrupción y el crimen. La mentira, el engaño, la violencia, las drogas se conjuran para reprimir y hasta desterrar esa bondad innata que albergaban originalmente en su corazón. A Tiburón, por ejemplo, el más malo y criminal de todos, le mataron sus padres cuando pequeño. Los guardias haitianos abusaron de él en un cuartel de la frontera. Eso hizo que terminara en el vicio y que su inicial bondad desapareciera por completo. Yudelka no conoce a su padre natural, es rechazada por su padrastro y su madre y, huyéndole a esta situación, se entrega a la prostitución. Muchos jóvenes del pueblo, desesperados por la miseria, huyen en yola a Puerto Rico. O sea: lo que al principio es promesa de vida, pronto se convierte en desgracia y muerte. Siempre.
Son éstas, pues, las historias personales. Pero estas historias suman a otra más amplia, a una tragedia más contundente. Es la tragedia de todo un país y todo un pueblo, ese país y ese pueblo que, como hemos dicho, Yudelka, Chino, María, Miguel, Tiburón, etc. representan.
El gran mérito de esta novela se encuentra en esto. La vida es otra cosa es, al final, un mosaico de lo que es, ha sido y a lo mejor será para siempre el destino dominicano. Por eso, a Jeannette Miller no le tiembla el pulso cuando tiene que poner el dedo sobre la llaga y mencionar nombres. La tragedia de Yudelka, de Chino, de Miguel, de Tiburón y hasta de Lurdes y del padre Cuso, no se encuentra en ellos mismos; más bien, se encuentra en los malos gobiernos y los malos gobernantes que este país siempre tuvo que tragarse desde su comienzo y se traga hasta el día de hoy. Nadie se echaría a la mar tempestuosa, mataría y hasta se comería sus propios paisanos, si no fuera por la desgracia de vivir en esta media isla llena de abusos, vejámenes, miseria, enfermedad, dolor, humillaciones de toda clase, etc.
De modo que podemos subrayar que lo que está detrás de La vida es otra cosa es lo que desde hace mucho tiempo les estamos reclamando a los novelistas dominicanos-- que hagan suyos los temas de la vida trágica que su gente lleva desde tiempos inmemoriales. No se trata de seguir con el can de la Era de Trujillo, ni con el otro de la montonera. Tampoco se trata de perder el tiempo describiendo prostíbulos provincianos. Aún menos de ausentarse del escenario nacional para refugiarse en Chicago o Nueva York o Madrid o Berlín o donde diablo se les antoje a esos novelistas mediocres que están de moda. Jeannette Miller toma el toro por los cuernos en esta novela. Nos hace el recuento de lo que ocurre y por qué ocurre en el país. Y es esto lo que de verdad cuenta.
El desamparo de la República Dominicana y su pueblo no tiene que ser eterno. No es un destino o una maldición, como se piensa. Existe una salida. Ésta no se encuentra en los gobiernos de turno ni en los políticos; se encuentra en esa gente que no está dispuesta a rendirse, a desesperarse, y que entiende que un futuro mejor está hecho de un cúmulo de granitos de arena, que son las buenas acciones, los buenos sentimientos, el altruismo, la dignidad frente a ese mal que todo quiere corromperlo y aniquilarlo.
De ahí, pues, los protagonistas de Lurdes y del padre Cuso. Son seres que lo dan todo, que se entregan al bienestar de los demás, y que no aceptan de ninguna manera las reglas del juego corrupto de la sociedad. Para la novelista, ésta es la única salida disponible a la República Dominicana y a su pueblo. Es, lo admitimos, el camino más arduo y más largo; sin embargo, dada la historia habida y por haber, ¿qué otra opción le queda a este desdichado país? ¿A este desventurado pueblo? O este camino, o la disolución completa de la nación.

(3/6/08)

Friday, July 6, 2007

La vida es otra cosa

La novela de Jeannette Miller

José Alcántara Almánzar



Cuando se hable de literatura dominicana de los últimos cuarenta años, habrá que mencionar a Jeannette Miller entre las mejores escritoras de su generación, por la firmeza, la diversidad y la excelencia de su obra conjunta, desde sus inicios de aguerrida poeta, con El viaje (1967), Fórmulas para combatir el miedo (1972) y Fichas de identidad/Estadías (1985), hasta su extraordinaria faceta de historiadora y crítica de artes visuales, en especial su Historia de la pintura dominicana (1979) y una serie de lúcidas monografías sobre notables artistas plásticos nacionales. En este periplo laborioso y tenaz, recuerdo su invaluable ejercicio del periodismo en el desaparecido suplemento del diario El Caribe, bajo la conducción de su mentora, doña María Ugarte, así como la labor magisterial, a través de su exitoso libro de ortografía y los innumerables talleres impartidos sobre el manejo del idioma. Esta deslumbrante trayectoria incluye, a partir del año 2002, el libro Cuentos de mujeres, feliz incursión de la autora en el fascinante universo de la narrativa.
A todas estas cualidades, que la convierten en una de las figuras emblemáticas de la Generación del 60, Jeannette incorpora un conjunto de encomiables atributos que nos hacen admirarla doblemente, tales como su honestidad intelectual, su solidez conceptual y práctica y, sobre todo, el valor para defender sus verdades y reconocer sus yerros. En lo personal, su vida es aleccionadora por la entereza de su postura ética, la devoción familiar, el culto a la amistad, la responsable entrega al trabajo, y el discreto alejamiento de las veleidades de nuestro ambiente social. En lo literario, Jeannette es dueña de una voz poética singular que, oscilando entre el desgarrado clamor de quien lucha por vencer las iniquidades derivadas de la condición femenina y las limitaciones impuestas por una formación social hecha a la medida del hombre, logró construirse un espacio propio que ella ha sabido enaltecer con poemas de una sinceridad inusitada en nuestro medio, poniendo al desnudo sus angustias y deseos, sus quejas y temores, o esa amarga visión del entorno social que nos sobrecoge por la contundencia de sus imágenes. Son poemas de fuego surgidos en una etapa atroz de nuestra historia contemporánea, escritos con mano segura por alguien demasiado consciente de su papel como mujer y poeta.
El 2 de julio del año pasado, un prestigioso jurado compuesto por el dominicano Marcio Veloz Maggiolo, el argentino Eduardo Sguiglia y el cubano Leonardo Padura, otorgó a la novela de Jeannette, La vida es otra cosa –“por su acertada conjugación de estructura y lenguaje en una obra que ofrece un abarcador y práctico panorama de la sociedad dominicana actual”–, una primera mención en el Premio Internacional de Novela de Casa de Teatro, la institución cultural que con alma de duende y fe de misionero viene dirigiendo Freddy Ginebra desde hace más de treinta años. El reconocimiento a la novela de Jeannette culmina ahora con su reciente salida bajo el sello de la Editorial Alfaguara, lo que sin duda contribuirá a darle la proyección que merece, dentro y fuera del país, gracias a una exitosa campaña publicitaria mediante atractivos carteles, que ha colocado la fotografía de nuestra distinguida autora en lugares visibles a lo largo de las avenidas de mayor circulación en Santo Domingo, rivalizando así en popularidad, para satisfacción de sus amigos y relacionados, con políticos, ediles y congresistas, cuyos rostros han invadido los espacios públicos de nuestra urbe.
Durante muchos años, la bizantina discusión en torno a la esperada gran novela dominicana se ha ido transformando en un diálogo más sensato que toma en consideración no sólo los hitos de nuestra tradición novelística, de Enriquillo y La sangre a La mañosa y Over, y, en los tiempos que corren, de la medular contribución de Marcio Veloz Maggiolo –consumado maestro, todavía muy activo–, hasta la novela de Pedro Vergés y las aclamadas obras de Julia Álvarez, nuestra escritora de la diáspora, cuya valía se ha proyectado incluso en el cine norteamericano. Este cambio de perspectiva ha ocurrido en la medida en que nos hemos ido percatando de que la novelística de un país forma una totalidad heterogénea en la que cada obra, magnífica o mediocre, constituye un eslabón de la extensa cadena de la tradición narrativa nacional, y que la grandeza y permanencia de las mejores sólo podrá determinarla el tiempo, ese estricto juez, desapasionado y certero, que todo lo pone en su justo lugar.
La vida es otra cosa, en primer término, constituye un amplio fresco de tonalidades goyescas sobre la sociedad dominicana contemporánea. O, para decirlo con un símil autóctono, evoca una de esas magistrales pinturas de Gilberto Hernández Ortega, pobladas de siluetas que emergen de la oscuridad de la noche con todo su dolor y desvalimiento. Aunque se han escrito en nuestro país muchas novelas de temática social, algunas de ellas muy buenas, me atrevería a decir que La vida es otra cosa marca la diferencia entre un ‘antes’ y un ‘después’, ya que sería difícil encontrar otra obra de notable factura cuyo autor universalice, como lo hace Jeannette, el drama de las clases oprimidas, y lo haga al margen de sentimentalismos y denuncias ideológicas, sin caídas en el manejo del lenguaje, a través de una densa estructura, nítida y fluida, en la que los personajes integran una especie de coro griego en esa inacabable tragedia que es la vida en nuestras remotas y olvidadas comunidades del interior.
El escenario de La vida es otra cosa se sitúa en el suroeste del país, la zona fronteriza, la loma de “Nunca me Encuentres”, donde se realizan precarios cultivos de café. Se levantan ranchos y chozas en el pueblo “Vengan a Ver”, a la orilla del mar, donde la gente luce atrasada y primitiva. Existen apenas unas cuantas edificaciones públicas: la escuela de “Siempreverde”, la cárcel y la parroquia. Pueblo de sol y guazábara, “cundío de haitianos y brutos maleducados”, conucos, animales de carga que exhiben una miseria y un desamparo proverbiales, como si la autora recuperase aquellos cuadros lacerantes de campesinos pobres que pululan en Poemas de una sola angustia, libro cardinal con el que Héctor Incháustegui Cabral inmortalizó la desolación de la región sureña de su época, en específico la ruralidad banileja de mediados del siglo pasado. Este deliberado anonimato topográfico de la obra de Jeannette, con vagas identificaciones que nos impiden ubicar el lugar exacto donde ocurren los hechos, prescinde de la geografía como dato y la eleva a la categoría de ideal tipo innominado, haciéndola extensiva a cualquier zona de características similares.
El tiempo histórico de la novela Jeannette va de la primera ocupación militar norteamericana a nuestros días. Como en un gran telón de fondo sobre el que se proyectan las vidas de una serie de personajes atormentados, presenciamos el lastimero panorama en el que adquieren relieve particular acontecimientos que marcaron buena parte del siglo veinte dominicano. En ese inmenso mural sobresalen la masacre de haitianos de 1937, las expediciones guerrilleras contra el régimen de Trujillo, el trágico final de Jesús de Galíndez, el brutal asesinato de las hermanas Mirabal, la caída del dictador, el efímero gobierno democrático de Bosch, la guerra de abril, y los puntos oscuros de los doce años de Balaguer, teñidos de contrainsurgencia, represión policial, corrupción e impunidad, elementos que tanto envilecieron la conciencia nacional.
La historia es una referencia inevitable en la narrativa dominicana, del siglo XIX a la actualidad, como consta en obras clásicas muy conocidas del carácter de Cosas añejas de César Nicolás Penson, la Trilogía patriótica de Federico García Godoy y los Episodios dominicanos de Max Henríquez Ureña o, más cercanamente, algunas novelas de Andrés Francisco Requena, Carlos Federico Pérez, o Georgilio Mella Chavier. Sólo en manos de escritores experimentados –un Carlos Esteban Deive o un Veloz Maggiolo, por ejemplo–, la solución literaria salva la ficción de las trampas historicistas o los excesos del sociologismo. Con notable dominio lingüístico del español dominicano —tanto, que considero una innecesaria generosidad de la autora con potenciales lectores de otros países, haber incluido un glosario de dominicanismos al final de la novela para facilitar su comprensión—, Jeannette sale airosa de la tarea literaria que suponía descartar el tono culto de la escritora instruida e insertarse en el alma y las modalidades idiomáticas de la gente, para dar voz propia a personajes del pueblo.
La vida es otra cosa es una novela cruda, pero diáfana, de una concisión ejemplar, cuya lectura, una vez iniciada, no da respiro, atrapándonos con un puñado de historias personales que se entrecruzan sin cesar. Es una obra que debería ser no sólo leída, sino estudiada en las clases de literatura dominicana que se imparten en escuelas y universidades, por ser una valiosa fuente de conocimiento del habla popular, con sus deliciosos términos y elocuentes giros sintácticos. Jeannette Miller, al escribir su novela, supo eludir los engañosos procedimientos del neorrealismo social que tantas obras ha malogrado, para construir un texto literario de una sobriedad impresionante. La autora confiriere autonomía literaria a su novela al prescindir de referencias espaciales concretas, alcanzando un elevado nivel estético que le sirve para proyectar las complejidades psicológicas y humanas del conglomerado cuya realidad ficcionaliza. En suma, más que diseñar el montaje de una escenografía social de aliento pesimista, traza un mapa de la existencia, tan verídica, que es como si hubiese tenido en cuenta el aforismo de Milan Kundera: “La novela no examina la realidad, sino la existencia. Y la existencia no es lo que ya ha ocurrido, la existencia es el campo de las posibilidades humanas, todo lo que el hombre puede llegar a ser, todo aquello de que es capaz”. (El arte de la novela, Barcelona, Tusquets Editores, 1987, pp.53-54).
En vez de abordar nuestras vicisitudes actuales con un solo recurso, mediante el estilo directo del narrador omnisciente, la autora teje un discurso proteico, de enorme fuerza telúrica, en el que se alternan la narración en tercera persona, el estilo indirecto libre y el monólogo interior; un texto impregnado de la espontaneidad coloquial de los personajes, hombres y mujeres humildes vinculados entre sí por redes familiares y sociales primarias, abatidos por la miseria, la violencia, la desigualdad, la injusticia, la irrupción de prácticas abominables que amenazan con desintegrar nuestra sociedad; entre ellas, el narcotráfico, la drogadicción, la trata de personas. En ese marco social abrumador que empuja a muchos a convertirse en emigrantes ilegales, la probidad laboriosa de algunos se erige como un muro de contención ante el abuso y el desamparo. Un espejismo de supuesta modernidad urbana nos ha llevado a pensar que la cultura campesina ha desaparecido para dar paso a nuevas formas de convivencia y de trabajo, creando un espejismo de modernidad. Sin embargo, lo que ha ocurrido –como lo prueba La vida es otra cosa– es una metamorfosis en los contenidos del nexo entre familia y tierra, la producción orientada al bienestar de los miembros del grupo, y nociones morales como la reciprocidad y la solidaridad colectivas.
Quizás por mucho tiempo ha persistido en el análisis de las sociedades latinoamericanas una óptica maniquea que se evidencia en la concepción dicotómica de la sociedad, es decir, la existencia de un todo formado por dos realidades excluyentes, la rural y la urbana, remitiéndonos la primera a la continuidad de la tradición, la economía agrícola, el analfabetismo, la ignorancia y la pobreza; mientras se asocia la segunda con el progreso de las ciudades, la industrialización, el saber y la riqueza. Nada más engañoso, ya que campo y ciudad, como polos opuestos de un continuo, padecen los efectos de un subdesarrollo desigual inveterado, que se caracteriza por los fuertes contrastes socioculturales y la marginalidad en todas sus formas, por más que pretendan confundirnos las teorías neoliberales al uso.
Un desfile de trágicos personajes acontece en las páginas de La vida es otra cosa, dosificando la explosión final y el desenlace de un drama humano que nos recuerda el lado oscuro de la existencia, y evoca aquella triste paradoja que expone un personaje de Malraux en La condición humana: “La vida no vale nada, pero nada vale lo que la vida”. (Citado por Michel Zéraffa en Novela y sociedad, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1973, p.45). En ese ámbito de ruindades sin término, mujeres de tres generaciones personifican un amplio universo de posibilidades afectivas y emocionales, una inagotable riqueza de sentimientos y expresiones. Las hay valientes y dignas, como María, la campesina, madre de doce hijos que abandona a su marido Tito, cuando descubre que éste la engaña con una muchachita que ella llevó a su casa para
que la ayudara con los quehaceres domésticos. Las hay ingenuas, como Martina, madre de Miguel, incapaz de creer en los negocios turbios en que está involucrado su hijo. Las hay instruidas y ascetas, como Lurdes, la maestra del pueblo, que asume la voz de denuncia de nuestros males, cuando dice que “La vida es una trampa, una acechanza, una carrera en contra de la adversidad”. Las hay descarriadas, como Yudelka, la joven atractiva y ambiciosa que se prostituye para sobrevivir, y a quien el amor redimirá. Y hay otras que pagan el alto precio de llevar a cuestas un secreto, como Leticia, protectora y sufrida, mujer de Domingo y madre de Yudelka.
Si, por un lado, las mujeres asumen valores como el sacrificio, la abnegación, el pragmatismo, la astucia, la sensatez en momentos cruciales; los hombres, sus compañeros en ese interminable batallar por la supervivencia, encarnan las modalidades del macho, el buscavida, el esforzado, el buen hijo, el religioso, el asesino, el estudioso, el militar decente. Lejos de demonizar la condición masculina como un estigma de género que delataría un enfoque superficial, la autora hurga en las motivaciones y mentalidades de unos individuos cuyas vidas corren pareja suerte a la de las mujeres que aman o maltratan; hombres inmersos en una atmósfera de brutalidad y privaciones que los arrastra, como en el caso de Miguel Padilla, a la venta de droga y al clandestino negocio de los viajes a Puerto Rico. O como Chino, muchacho inteligente y hacendoso, desengañado en el amor, cuyo sueño es irse en yola a la vecina isla, porque vive deslumbrado por las expectativas e ilusiones creadas por el sueño americano. Por su lado, Tito es el marido infiel, pero también el intransigente campesino que protege a su hija del acoso sexual del coronel Ventura y es incluso apresado sin que pueda defenderse. En tanto que el Padre Cuso es el sacerdote consciente y humano, que toma partido por los oprimidos, dando con sus huesos en la cárcel.
De todos los personajes que aparecen en la trama novelesca, Tiburón –el frío y sanguinario asesino– alcanza una notable caracterización como prototipo de la crueldad y el resentimiento, cuya historia se remonta a los horrendos años de la dictadura de Trujillo, pero se gesta en los predios de la orfandad y el abuso. Hijo de nadie surgido de la nada, compendio de fealdad y desaseo, para Tiburón la violación y el crimen son instrumentos de venganza por las humillaciones sufridas. Hombres y mujeres, en fin, viven en circunstancias que corroen sus mejores energías físicas y espirituales, y mientras conduce a unos a la resignada paciencia de los que aguardan consuelo, lanza a otros a la desesperación y al vacío.
La vida es otra cosa, hija del talento de una auténtica artista de la palabra, es una vigorosa novela sobre la sociedad dominicana contemporánea. Es una obra electrizante y enriquecedora que se resiste a taxonomías y encasillamientos teóricos, cuya lectura se convierte en hontanar de fuertes experiencias humanas, o se transforma en un gigante espejo que refleja el lado oscuro e indeseable de nuestras realidades, pues junto a las bondades de un paisaje edénico donde el bienestar es privilegio de una minoría, se halla también la inclemente situación en que naufragan los olvidados de siempre.
Con la publicación de La vida es otra cosa —que debe llenarnos de orgullo y alegría—, Jeannette Miller demuestra nuevamente su versatilidad, su compromiso intelectual y su ascendente trayectoria literaria, a la que auguro nuevas y más altas conquistas en el porvenir.




















































Santo Domingo, miércoles 23 de agosto de 2006.

Mi lengua

Por Jeannette Miller

Esta lengua de siglos
cambiante como el agua
¿ qué es?
¿ Una historia,
una flor,
una máscara?
Esta lengua de cieno que antes me amarraba
con la palabra cruz,
con la palabra oro,
con la palabra muerte,
¿ qué es?
¿ Mi historia,
mi lucha,
mi silencio?
Esta lengua que borró mis primeros fonemas
dejándome desnuda,
aterrada,
que me tiró en el pozo de la primera muerte
sin sonidos para espantar el miedo,
sin palabras para entender las cosas,
para guardarlas…
Esta lengua vieja que mastiqué despacio
y me tomó la vida,
y otra vida,
y otra vida,
hasta que fue ablandando
de piedra a ritmo,
de tierra en agua,
de hierro a fruta,
de blanco en mambo.
Esta lengua de cielo y de murmullos
que volví a fabricar comiéndome las eses,
soñando las imágenes que amo,
masticando insignias y blasones a ritmo de tambora,
con los negros suplantando los indios
sementando las blancas
y nosotros
marrones,
haciendo la bachata desde siglos,
bailando con merengue, rumba y plena,
saboreando el sancocho,
remeneando las nalgas,
a golpe de palma y sol,
de sangre.
Esta lengua impuesta que ahora me define.
Esta lengua libre como un pendón de fuego.
Esta lengua que se desprende de mi boca,
golpe,
agua que late,
bote que rema,
patria penetrada que penetra…
Esta lengua de isla
de palma y hambre
del odio y del amor,
de la esperanza…
Esta lengua esencial
erguida en su esqueleto,
carnada de amapolas,
nueva como yo
en medio de mi patria bullanguera
vestida de esmeraldas.
Esta lengua de trópico, de tierra y continente…
Esta lengua en jirones que nombra lo que hace,
que reinventa la vida
que reescribe la historia marcando lo que quiere,
gritando como llama.
Esta lengua bandera que une y que separa
¿qué es?
Una historia.
Una flor.
Un arma.

Marcio Veloz Magiollo

Materia prima: un código para novelar la vida.
Por Jeannette Miller



Decir que Marcio Veloz Maggiolo es el más importante escritor vivo dominicano, resultaría un lugar común. Sus novelas, cuentos, ensayos y poemas traducidos a numerosos idiomas, han traspasado el ámbito nacional para establecerse en Europa y América, donde es considerado como uno de los mejores escritores del momento.
Igualmente, enumerar sus premios y distinciones sería agotador; entre los últimos: la dedicación a su persona de la IX Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, 2006; su selección como finalista en España del Premio Lara a la mejor novela publicada en el 2004, y el premio José María Arguedas 2006, Casa de las Américas, ambos por su novela La mosca soldado. Y es precisamente como novelista que nos vamos a referir a él esta noche en que Alfaguara pone a circular una nueva edición de Materia prima, texto que saliera a la luz en 1988, y que hoy pone de nuevo a disposición del público este prestigioso sello editorial.
Para mí es imposible referirme a Marcio sin que una avalancha de recuerdos incidan en una imagen que asocio con la década del sesenta, con aquellos años calientes llenos de protestas y martirio, con su casa donde nos reuníamos a leer algunos domingos, después de la juidera de las manifestaciones sabatinas interrumpidas a bombazo limpio, y donde arrellanados en mecedoras serranas nos calmábamos, para, en medio de cortinas de muselina blanca, escuchar la voz bien entonada de Miguel Alfonseca, las ironías cortantes de René del Risco, la palabra sabia y conciliadora de Jacques Viaux, y por encima de todo, los conocimientos que siempre se nos iban delante, de Marcio y Ramón Francisco, padrinos, pero también hermanos, de una generación literaria que se unió por el rechazo al régimen de Trujillo y por las demandas a favor de los más necesitados.
Ese padrinazgo con la Generación del 60, se convirtió, a través de los años, en una permanente solidaridad con lo que hacíamos; y me refiero a una solidaridad conocedora y crítica, que en mi caso ha servido de acicate para mejorar y seguir adelante en un medio árido para el quehacer literario. 
Marcio Veloz Maggiolo removió la tradición de la novela dominicana de la tierra y de carácter social representada por obras como La Mañosa de Juan Bosch, y Over de Marrero Aristi, desde que en 1967 publicara Los ángeles de hueso, texto donde la narración tomaba las modalidades de la reflexión, para manifestar a través de recursos experimentales esa angustia existencial producto de la derrota, que distinguió a los existencialistas y a muchos escritores nuestros que emergieron entre 1961 y 1978.
Ese tomo ya contenía en ciernes, los elementos que definirían la novelística de Marcio: preocupación existencial, referentes históricos, inclusión de lo sensual erótico como uno de los ejes vivenciales de mayor fuerza, y una estructura experimental abierta donde la reconstrucción de los recuerdos a traves de la música, -ya fuera bolero, bachata o merengue-, y del paisaje –ya fuera la ciudad, el mar, el barrio o el río-, junto a los años de infancia y juventud, se convertían en claves que metamorfoseaban la realidad en un mundo interno, particular, constituyendo un código que identificaría su ficción.
Sinembargo, la ficción en un novelista como él - historiador, antropólogo, arqueólogo, dramaturgo, ensayista, pintor…- sobrepasa los límites de verdad-mentira para erigirse en un registro de su medio, de su entorno, de las actitudes y respuestas humanas de su comunidad ante la existencia. De ahí que cada uno de sus libros resulte ser memoria de su vida, de su casa, de su barrio, de su ciudad, del país, y aún todavía más, una memoria del Caribe .
Los ángeles de hueso, Nosotros los suicidas, De Abril en Adelante, Biografía difusa de Sombra Castañeda, Materia Prima, Ritos de Cabaret, Uña y carne, El hombre del Acordeón y La mosca soldado, constituyen una cadena de escritos cada vez más brillantes, cada vez más conscientes, donde el trasiego, la frontera, la ciudad, el barrio, el autoritarismo, la promiscuidad, el amor, la traición y el infortunio tejen una maraña llena de cuestionamientos en que la brillantez del trópico, la sensualidad del paisaje, la música envolvente, y una solidaridad humana que rompe todos los moldes, actúan como contrapunto, enclavando los hechos y personajes en un universo creado por el autor,
En un ensayo que Doris Summer escribiera sobre De Abril en adelante, destacaba la ruptura que este texto plantea con la novela dominicana anterior: “ De abril en adelante indica la necesidad de reevaluar el proceso de escritura de la historia dominicana y de la escritura en general”. “La deconstrucción de formas dadas, las formas narrativas confusas y abigarradas, la yuxtaposición de períodos de tiempo, y especialmente, la autocrítica de los procesos narrativos, son componentes necesarios y llenos de sentido en la novela de Marcio Veloz Maggiolo”. Es por eso que no es gratuita la dedicación de Materia prima a la ensayista norteamericana, pues en esta novela, Veloz Maggiollo retoma de manera intencional y exacerbada, los recursos de la primera.
Materia prima es un novela que va descubriendo sus recursos y propuestas literarias, filosóficas y humanas, a lo largo de un diálogo con el lector, que Marcio logra a través de un excelente uso de la segunda persona y del vocativo. Materia Prima es el punto de partida para una ficción, que en manos del novelador siempre llegará a respuestas distintas.
También es una novela sobre la amistad, una amistad tan apretada, que desde sus inicios no se sabe con precision quién es el narrador; una amistad, que va más allá de todo nexo, de toda ignominia, de todo drama; una amistad que afinca a los personajes en plural a la vida, que los arranca de la soledad del yo.
Amigos del barrio de Villa Francisca se reencuentran después de una o dos décadas en que han definido sus vidas adultas. Uno de ellos, Persio, al borde de la muerte, pide al diplomático e intelectual Ariel, que termine la novela que él sabe va a dejar inconclusa, Dubitaivo al principio, Ariel se va envolviendo en el compromiso; en su afán de precisión y de encontrar la verdad, indaga con otros amigos de infancia y juventud las versiones que plantea Persio en su novela, y aunque todos parten de una misma materia prima -sus vivencias en el Barrio de Villa Francisca- cada una de las respuestas es distinta.
Las experiencias comunes, la oposición de valoraciones , el compromiso de las complicidades y el descubrir los secretos, sirven para que Veloz Maggiolo edifique los acontecimientos que narra al compás de un discurso paralelo de orden asociativo, que actúa como contrapunto de las acciones que suceden a la sombra de los últimos años de una dicatura aplastante sepultando las esperanzas de esos hombres y mujeres que ya de ninguna manera podrán ser felices
Para quienes busquen una trama o argumento, que no es el caso, éste gira mayormente, alrededor de Manolo, antitrujillista forzado a ser espía del régimen, producto dramático de un universo signado por el "azar y la violencia", antihéroe de quien se descubre al final que casi todo lo dicho sobre él es mentira, personaje forzado por un escritor -Persio- que proyecta sus preferencias y rechazos al delinearlo.
Pero el verdadero protagonista de Materia prima es el Barrio de Villa Francisca. Macondo- Comala de Marcio Veloz Maggiolo, un poeta que decició novelar sobre la belleza, imaginaria o no, de sus primeros años, reconstruyendo permanentemente una memoria que tiene tantas caras como la vida.
La historia abarca desde 1930 hasta 1980, y tiene como marco la fundación, crecimiento, esplendor y destrucción del barrio de Villa Francisca. Este acontecimiento envuelve las vidas de los hombres y mujeres que aparecen en la novela, seres casi fantasmales que llevan el fracaso como un selllo, aún hayan logrado lo propuesto. Como Ariel, diplomåtico de brillo que lucha contra la melancolía a base de alcohol y de drogas; Isolina, la celestina de cierto pudor y buenos sentimientos, que se va a Nueva York donde se hace rica leyendo barajas, pero vive carcomida por los deseos de venganza; Persio, el escritor revolucionario que está muriendo de cáncer en extrema pobreza y que no puede terminar su novela; Manolo, el opositor que se convirtió en confidente del régimen porque cayó en una trampa; Emilia, inteligente, bella, revolucionaria, que termina casada con un hombre a quien no ama; Papiro, personje inasible narrador desdibujado entre Persio y Ariel, a quien conocemos sólo por lo que escribe
Todos existen en un mundo oscuro que a veces se abre a espacios de claridad donde, gracias a la imaginación o a las convicciones de Marcio, los callejones barriales compiten con el trazado urbanístico de Roma, y las viandas y los guisos de la friturera de patio, con las mejores exquisiteces de la cocina occidental.
 Así lo confirman las siguientes frases: Grecia y Villa se confunden. La vida en Villa es parte de la historia universal.
En nuestro barrio se fundó el clasicismo puto. El mabí es mejor que el champán y que el vino. Reinita, la más bella y traicionera del barrio, supera a Helena de Troya. Fellito, el zapatero y Nerón, emperador de Roma, se identifican como artistas seguidores de baco. Végere, mi omnipresente hombre primitivo, resto arqueológico del conchal del Timbeque y de las arenas del Tíber, se corporiza en Bufán, el paria, limosnero del barrio. Estos nexos estrechos entre Villa Francisca y Roma,
el Tíber y el Ozama, lo llevan hasta el paroxismo de afirmar que “Nerón fue el primer bachatero”.
Materia Prima se va desenvolviendo a través de una estructura sumatoria, donde en cada capítulo aparece un personaje o una versión nueva del personaje y su realidad, que enriquece y amplía las posibilidades del texto.
Su carácter epistolar -la mayoría de los capítulos son cartas entre amigos-, permite que el vocativo esté siempre latente, incluyendo al lector como parte de lo que acontece.
Narrada desde distintas posiciones y puntos de vista por un mismo personaje que se desdobla en nombres intercambiables reales o imaginarios, Persio-Papiro-Ariel se funden al final en uno solo.
Desde la fundación de la ciudad de Santo Domingo y las bellas nominaciones de los cronistas de indias. Desde los códigos grecolatinos hasta la ciudad medieval y prerrenacentista. Desde la poesía simbolista hasta el personaje omnipresente del dictador, Desde los primeros discos de Eduardo Brito, hasta el bolero, la bachata y los cueros de Villa, Marcio Veloz Maggiolo realiza un ejercicio enciclopédico, que en virtud de su manejo del lenguaje, puede ser leído con agilidad.
Dueño de un ritmo idiomático que garantiza el carácter literario de sus textos, Veloz Maggiolo equilibra lo descriptivo-narrattivo y se apoya en la poesía.
Citamos: "Los manatíes eran comunes en las zonas bajas. Vacas marinas, sirenas según Colon, su comida preferida, las lilas de agua y las talasias de hojas de color verde oscuro, bajaban convertidas en islotes, cuando las lluvias torrenciales despedazaban los remansos con las innundaciones, promoviendo una invasion de manchas vegetales que flotaban hacia el mar con levedad de algodón verde, con suavidad de espuma…”
Un discurso a veces lírica, a veces epopeya, donde personajes, frases y recuerdos van de la mano como espejismos de un tiempo-espacio circular, en que presente, pasado y futuro resultan producto de una ilusión diferenciadora, y se desenvuelven en un todo nebuloso, donde la permanente nostalgia por un pasado que cada vez más se desdibuja, es reinventado por el autor, en su extrema necesidad de dejar constancia, de tener una memoria.
Materia prima es también un registro de nuestros hábitos, costumbres y sus orígenes; de una memoria urbana, citadina, donde a partir del micromundo barrial, Veloz Maggiolo explica su visión del mundo, de la vida, de los seres humanos… y en un permanente colegir, iguala e identifica la existencia y los hechos aparentemente “pequeños” de un sector de Santo Domingo, con los grandes acontecimientos históricos, demostrando que las estructuras son las mismas, que el ser humano es el mismo, si lo juzgamos por sus actitudes y respuestas.. “Todo está contenido en todo” Dice Papiro-Persio-Ariel, confirmando esa especie de inconsciente colectivo que los une.
Al mismo tiempo que el Barrio, como era, va siendo destruido; los elementos que edificaban a Persio -el escritor- se desmoronan, en una ajustada alegoría, que incluye al autor.:
”Bajo con lentitud de enfermo grave las escalinatas mojadas y pienso que no es importante que sepamos la historia completa; pienso que la única historia posible es la historia fragmentada que dice realidades que son el producto de un momento único y a veces contradictorio… Podría decir que durante años he escrito diversos capítulos de realidades mínimas que nunca serán parte de una novela. Los llamaba materia prima o miseria prima…
Indiscutiblemente que Marcio Veloz Maggiolo es el gran cronista de la segunda mitad del siglo XX dominicano. Su amor a lo nuestro le ha permitido escribir una elegía sobre la dominicanidad donde su recorrido por una memoria fragmentada es capaz de sacarnos, de los charcos turbios, dimensionalizándonos, embelleciéndonos… y envueltos en la melancolia del recuerdo, ayudarnos a sobrevivir una realidad, que por lo dramática y permanente pareciera no tener salida.
Marcio Veloz Maggiolo repite innumerables veces que Materia prima es una proto novela, apuntes desiguales que podrían constituir algún día un texto definitivo. Para mí, Materia prima es una novela experimental hecha a conciencia y con manejo de los elementos que exige el novelar por lo que el autor tiene el permiso de destruirlos.
La nueva novela francesa, las estructuras babilónicas y abstractas de Borges, la imaginación y la magia popular de García Márquez, la reinvención del olimpo amerindio de Rulfo… múltiples serían los referentes para explicarnos una escritura que demuestra su vigencia, veinte años después, por lo que esta reedición amplía el espectro de su incidencia a través de una lectura actual, que de seguro confirmará a Marcio Veloz Maggiolo como precursor de nuestra potmodernidad literaria.
Porque a fin de cuentas, lo importante es que Materia Prima, “Una novela que se escribió a sí misma”, como afirmara Ramón Francisco, ha podido romper la aparente disgresión de tiempo y espacio; saltar los charcos de las referencias históricas y culteranas; y vencer la guadaña del tiempo, para erigirse hoy, ella misma, como parte de nuestras vidas
¿Qué más podría desear su autor?
Para finalizar quiero decir que marcio Veloz Maggiolo sabe muy bien que “no se puede echar el vino nuevo en odres viejos” De ahí el gran valor de sus riesgos textuales que buscando en la experimentación la forma acorde a los nuevos sentidos, pueden hoy regalarnos una novela viva y actual.







Friday, June 15, 2007

La Gorda
Por Jeannette Miller

A las dos de la tarde la campanilla del dulcero rompía el muro de sol cegador y yo corría a empinarme en el banquito
hace voltear la cara. Pago rehuyendo el contacto de la mano húmeda, blanquecina por el jabón. No sé cuánto tiempo estuve frente a aquella Pago rehuyendo el contacto de la mano húmeda, blanquecina por el jabón. No sé cuánto tiempo estuve frente a aquella stoy molesto. Entro al parque. Escojo un banco de hierro que mira hacia la rotonda. Podría ahora mismo estar allí jugando o acarreando mi chichigua. En ese tiempo no existías, todo era las notas del colegio, la colección de sellos y darme un baño frío cuuos cogidas. Me voy a acercar sin que se den cuenta, a ver si oigo lo que dicen. El le pone una mano sobre las rodillas. Ella se la quita riendo. Me acerco un poco más. La noche ha oscurecido los rincones y tú estás allí con ese hombre que te besa, que te mete la cara por el cuello, por las orejas... y comienzas a quejarte como si lloraras bajito, a respirar hondo como si te asfixiaras y se te olvida mi helado y a mí me da mucha rabia y quisiera ser grande para darle mil pescozones a ese estúpido, para matarlo. Un tropel de gente ha comenzado a importunar, cruzan a comprar taquillas para el cine, ya deben ser más de las ocho. Espero que a esta hora se te hayan pasado los gritos. Ya te habrás desahogado con tu madre poniéndome de cabrón e intransigente. Me incando sentía el roce de las piernas de tía Amalia, olorosa a limón, tan limpia siempre. Todas las tardes me llevaba al parque dejando que me alejara a una distancia prudente para encampanar el capuchino que me hizo su marido. Un golpe de viento casi me tumbAlgunos semáforos que cambian a verde. Llego a la casa. Una mezcla de cansancio y miedo me sofoca. Las luces están apagadas. Abro la puerta con cuidado. El enjambre de mosaicos amarillos y azules reluce debajo de las lamparillas del recibidor. Una baba dulce se esparce por el centro de mi cuerpo, sube en pequeños accesos hasta la garganta, dándome una sensación de ahogo. Todo está en silencio, un silencio que será definitivo dentro de poco. Acaricio el cuerpo frío de las paredes, repaso los bordes jóvenes de esta casa que todavía debo y que sólo es acogedora y tranquila cuando duermes. Hundo la mano en las telas delgadas, frescas, que se multiplican todas las mañanas hasta formar una cárcel, hasta ser sólo un eco inmenso de tu voz. La penumbra diluye los rincones y el temblequeo blanquecino de las lamparillas confunde, molesta, va molestando más a medida que me interno en la casa y la oscuridad crece, toma los lugares, devora la realidad a la que estoy acostumbrado. Las cosas han perdido su cuerpo, sus líneasa, qué bonita va la mía junto a la bandera, no puedo mirarla porque me duelen los ojos de tanto sol. Déjame no perder a tía de vista no se vaya a pasar el heladero. Allí está. ¿Quién será ese hombre que habla con ella?.Están sentados muy juntos, con las man
orporo, comienzo a caminar despacio. Salgo del parque. Paro un carro. Me siento delante, pegado a la ventana. Arrancamos dejando los árboles detrás. Frente a los portales, el parloteo de las viejas interrumpe el paso de los transeúntes. os transeúntes. , se meten unas dentro de otras formando un todo monstruoso. Oigo un quejido leve. Un terror repentino me ha varado frente a tu puerta. Pego el oído a la madera. Escucho de nuevo. Parece que te quejaras. Temo tropezar, hacer ruido. UUpezar, hacer ruido. Uestía un uniforme de kaki que no pegaba con esa cara bonachona que más bien parecía de un maestro de escuela o de un abuelo. Porque era mi abuelo. Su voz ronca fue mi primer recuerdo de infancia y sus muslos anchos, donde me dormía cada noche al ritmo de la más grande de las mecedoras de esa casa enorme y ridícula, absurda y azarosa, siempre con miedo de que apareciera la mujer chillona que nos tiraba zapatos de tacones filosos cuando no hacíamos lo que ella quería. Él, sinembargo, era distinto. Una sombra alta nimbada de amarillo, precedida por el arrastrar de sus botas largas o el chocar de las polainas en la marquesina primero, luego en la galería, hasta llegar a la parte trasera de la casa donde se tiraba en el chaise-longe de grandes flores rosadas pan temblor indecente me sacude con violencia.. Mis dedos empuñan la superficie lisa, helada... se crispan una y otra vez sin atreverse. Al fin abro. Una claridad vioie lisa, helada... se crispan una y otra vez sin atreverse. Al fin abro. Una claridad vio en las tres este constante buscar ternura que nos ha llevado a la desgracia.
Las pequeñas flores sobre la repisa me recuerdan las del jardín frontal, cuando a mediamañana echábamos de menos que se hubiera ido tan temprano a la fortaleza para no regresar sino después de las doce, cuando el sol calentaba más que nunca y nosotras rezábamos para que lloviera, pues sólo así su mujer nos dejaba comer en los calderos de la cocina sentadas en el suelo, que era el sueño de nuestras vidas de niñas hartas de vestidos de olán llenos de pasacintas donde ponían tiras de colores diferentes cada vez que nos cambiaban, a eso de las tres y media de la tarde, hora en que nos sacaban a pasear y a exhibir como muñecas. ¡ Pero qué niñas tan lindas, tan gordas, tan blancas, tanlenta lo revive todo, pone las cosas en su sitio, me hace verte de nuevo. Tu voz adormilada suena complacida en una pregunta que es afirmación -Eres tú- me dirijo a la cama desde donde me miras con arrobamiento. Hueles a limón, tan suave, tan fresca...
1roponía dura era cuando nos iban a peinar. Por la mañana y acabado de salir el General, nos sentaban en tres sillitas para dividirnos el pelo en miles de pedazos y hacernos moñitos en hileras perfectamente marcadas. Después de seccionar el pelo nos untaban c quince años, uso zapatos de tacón y mi cuerpo de guitarra se destaca dentro de un vestido de gasa negra. En la fiesta que estoy, los muchachos se agolpan alrededor de mí y los pies me duelen, pues no he parado de bailar...
Yografía

Por Jeannette Miller

Yo
que necesito plantas, luz
palabras de ternura
que me siento a pensar en mi desgracia a plena tarde
medio masoquista
fea
profesora
Yo
que sólo con palabras me presumo
me palpo
me proyecto
interpongo ideas a la carne
levanto largos muros de metal frío, devorante
entre otros y
yo
que tengo miedo a la locura, al vino, al entregarme
agarro mis recuerdos
una niña gorda, inútil, solitaria
casas de muñeca y tacitas de té
ráfagas de aire y de suspiros
entre mi abuelo no abuelo y sin mi padre
Yo
que encuentro en Franklyn, Juan Francisco y otros
eso terrible que no tuve
que sé disponer letras, sílabas y nombres
cuidadosamente, agresivamente
Yo
estoy harta de mí.