Thursday, August 26, 2010

Dignidad

Cuento de Jeannette Miller

Los platos se tambaleaban uno encima del otro y los pedazos de pechuga cordon bleu, medallones de ternera con salsa bernesa, enormes trozos de mero a la bretona y camarones jumbo medio mordidos, se apilaban junto a langostas importadas de la India con las colas casi llenas de una carne tersa y sonrosada. Todo se desparramaba por los bordes de la porcelana blanca y dorada, marchitando los colchones de lechuga verde, que amortiguados por corazones de arroz amarillo, apenas lograban el equilibrio sobre montañas intactas de puré de papas y suflé de plátanos dulces coronados con tiras de morrones rojos. Los pedazos de clavos y canela, al quedar aplastados, expelían sus últimos aromas, mientras que sobre la mesa unas pequeñas tartaletas de quiche lorraine formaban línea para llevar las manos directamente hacia el cerdo casi entero que acababan de traer del comedor.

Ya el pavo había recibido sus honores y los restos de perdices españolas atravesaban el gaznate de Julio, el chofer, quien más que gordo era rechoncho, pero sumamente diligente cuando se trataba de masticar. Permanecía sentado en la cocina recibiendo los primeros restos de las bacanales que sus jefes solían organizar, y con una lengua larga y afilada sorbía los pedacitos de bacon que se sumergían en las cremas de leche de los quiches o los trocitos de pechuga de los bolovanes, y botaba los caparazones de masa porque decía que no quería llenarse antes de probarlo todo. Las copas de vino blanco y tinto, algunas casi intactas, lo ayudaban a bajar la mezcolanza alimenticia, mientras Paula le decía que perdonara algunas sobras, que iba a acabar muriéndose de un ataque al corazón.

Por lo menos dos veces a la semana, Julio, Paula, Regina y Cecilia eran testigos de aquel derroche que, aunque les permitía salir con fundas repletas de sobras para sus familias, ocasionaba un desasosiego en sus mentes amaestradas por años de servidumbre, que, sinembargo, percibían que aquello no estaba bien. A veces se peleaban y la recogedera se convertía en una fiesta de manotazos rápidos, en la que por el afán de ganar el título de quién había comido más, engullían las sobras sin masticar, teniendo en varias ocasiones que brincar por los efectos de la jartura que los ahogaba, especie de castigo por ceder a una gula impúdica y pecaminosa, en su afán de igualarse a quienes eran sus jefes, por lo menos embuchando lo mismo que ellos comían.

El único que no participaba era Manuel. Había cuidado el jardín de la casa por más de treinta años y no olvidaba el día en que siendo aún muy joven, la viuda Jiménez lo contrató, dándole las indicaciones para cada planta. Las que llevaban poca agua, las que no debía mover nunca, las que necesitaban más sombra que sol, las que había que lavar cada semana pasando un paño con agua y vinagre a las normes hojas verdes y gruesas, que sólo con tocarlas producían placer. Y él se empeñó en seguir sus ódenes de manera estricta, por lo que logró entablar un diálogo con la señora amable y distinguida, basado en su mutuo interés por los árboles y la flores.

Cada mañana con el sol apuntando por el Este, llegaba sin hacer ruido y cuando Paula comenzaba a colar café, ya él había sentido el frescor del rocío que se depositaba en las bromelias, y las secaba una a una para que no se convirtieran en criadero de mosquitos. Cuando trabajaba se le olvidaba el tiempo, conocia cada una de las matas como si fueran personas. Sentía cuando iban a secarse y hacía todo lo posible por mantenerlas vivas y sanas, cortando las partes inservibles, reforzándolas con pedazos de madera, poniéndoles abono y conversando con ellas. Más de una vez, la señora lo acompañaba dándole instrucciones de cómo hacer, y conversaban sobre la luna y la sequía, y ella le preguntaba por la mujer y el hijo.

Pero de eso hacía mucho tiempo. Cuando murió la doña, su hija lo heredó con el jardín, y aunque en algunas ocasiones manifestó en voz alta que iba a contratar un paisajista para modernizar el patio, no lo hizo porque en el testamento su madre asignaba a Juan el mismo sueldo en caso de que lo despacharan o se tuviera que retirar. Miserable como son los ricos, Amalia no quiso que el viejo recibiera un sustento sin sudar y lo dejó trabajando, pero nunca le aumentó el sueldo ni olvidó hablarle en un tono altanero y sólo para quejarse, cuando lo veía poniendo agua a los pajaritos que venían en la mañana y al atardecer.

Manuel se mantenía barriendo el patio hasta dejarlo impecable. Todas las mañanas a primera hora regaba los helechos y las palmeras, las rosas y los geranios dejando para el final los árboles frutales a los que removía la tierra para que no perdieran el vigor y llegada la época parieran como debía ser. Cuando se acercaba el medio día, el rostro se le volteaba de manera involuntaria esperando que Paula recordara que él estaba ahí, que en el patio había un hombre trabajando desde el amanecer y al que le daba hambre. Pero Juan era incapaz de pedirle ni un vaso de agua. La única vez que lo hizo la vieja le dijo que se pegara de la manguera y desde entonces él llevaba un galón con agua que su mujer hervía y a la que agregaba algunas gotas de cloro, pero tenía muy mal sabor. La cocinera se la pasaba en chismes averiguando los pleitos de sus jefes producto de los amoríos del marido que se creía un príncipe, – la última cocacola del desierto- como había oído que decían los muchachos. –Pero ése no es más que un buen vividor-, repetía la vieja acalorada y echándose fresco con un pericón de guano que le habían regalado hace muchos años en una fiesta de campo donde había tocado Ñico Lora, y aunque había perdido buena parte del borde y le faltaba la última sílaba al nombre del famoso acordionista, no había quien se lo hiciera cambiar.

Juan seguía barriendo y el estómago se le retorcía pues el dinero de la quincena no daba a basto y sólo había bebido un té claro hecho con unas ojas de naranja y limoncillo. Ya eran casi las dos y no se había echado nada en el estómago, pero hoy tocaba pago y aunque fuera tarde iba a tratar de llegar al mercado popular que abrían en la Duarte, a ver si los cheles le rendían, porque la comida estaba por las nubes, el muchacho había salido torcido, -desde los trece años dejó la escuela y se metió en drogas-, y ahora su vida se había convertido en un entra y sale de Hogares Crea, donde Juan tenía que buscar las medicinas; y en varias ocasiones después de pagar la luz y teniendo que comprar el agua a los camiones porque a su barrio no llegaba, el dinero no alcanzaba para que pudieran comer.

No había cumplido cincuenta años y parecía un anciano. El color canela que había tenido en su juventud se fue poniendo gris, y la piel, de tan seca, estaba dividida por unos surcos finos que formaban como escamas. Era un hombre delgado y enjuto, de estatura mediana; la jardinería le había curvado levemente la espalda y quienes lo conocían, al ver su ropa desteñida, pero limpia y planchada, sabían que detrás de esos ojos mansos y de esa sonrisa de grandes dientes amarillos, había un corazón lleno de valentía y dignidad.

Cerca de las tres y con mareos vislumbró la figura de Paula en la puerta trasera haciéndole señas con una cara feroz. Él puso las tijeras debajo del guanábano y oyendo los improperios de la vieja se acercó. – Oye, los jefes se fueron anoche a La Romana y la doña llamó que llegarán mañana. Así que nos jodimos, hoy no vamos a cobrar. La cara de Juan se transfiguró de desilusión y fue tan evidente su necesidad, que Paula se conmovió y le dijo –Espérate. A los pocos minutos llegó con una funda plástica llena de comida, toda revuelta, como si fuera para dársela a un animal. –Toma estas sobras para que comas y lleves a tu casa. Así te aguantas hasta que paguen mañana.

Todavía no sabe de dónde salió la voz de su padre, cuando siendo un niño y lo ayudaba a sembrar en el conuco, le dijo mientras paraba de trabajar –Mi’jo, ute’ puede pasar todo en la vida, jata jambre, pero recuerde que ute’ ej un hombre, nunca pierda su dignida’.

Juan miró a la cocinera sin rencor, y de manera calma, como todo lo que hacía, le dijo - No, gracias, a mi mujer no le gusta que le deje la comida que me guarda para cuando yo llego de trabajar.

Jeannette Miller


1 comment:

Laura De la Mota said...

Muy bueno profesora.
Un saludo,
Laura